martes, 17 de febrero de 2015

¿Y para qué quiero conocer tus lunares?

Qué bonito queda eso de conocer cada uno de sus lunares, ¿eh? Tan romántico,  tan poético... y tan inservible como imposible. ¿Para qué voy a contar sus lunares?
Sí, queda muy bonito decir que cada noche, después de hacer el amor, contaba los lunares de su espalda a la luz de las velas, hasta quedarnos dormidos. ¿En serio? ¿Qué pretendes demostrar con eso?
Yo te cambio la luz de las velas por la oscuridad total, para hacer cada caricia o cada beso más bonito. Y contar sus lunares lo cambio por contar sus miedos, sus sueños, sus metas o sus proyectos frustrados. Escucharle cada noche hasta quedarte dormida. Hablarle hasta dormirse él. Compartir la vida del uno con el otro, dejar que conozca hasta aquello que nunca contaríamos... Conocer sus defectos, sus virtudes y sus puntos fuertes,  en vez de sus lunares. Acariciarle mientras habláis, y dejar que tus manos se aprendan todas y cada una de sus curvas.
Eso sí es bonito. Puede que no bonito para un poema. Pero sí bonito para nosotros, para cada noche que pase a tu lado.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Me fallo.

Una noche más, en la que no soy capaz de quedarme dormida con tu recuerdo. Una noche más en la que mis lágrimas mojan la almohada. Una noche más en la que, otra vez, me estoy fallando.
Me estoy fallando cada vez que lloro con tu recuerdo, después de haberme prometido a mi misma que no lo haría. Me fallo, porque no soy capaz de ser fuerte. Porque yo antes no era así, nada me derrumbaba, yo podía con todo lo que se me ponía en el camino. Y sin embargo, ahora no soy así. Tú, simplemente tú, has podido conmigo. Me has hundido como nunca nada ni nadie lo había conseguido. Me has hundido hasta un punto en el que la salida no se ve. En el que no puedo evitar pensar que me quedaré para siempre, con tus recuerdos, y mis fuerzas... Desaparecidas.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

No podía entender.

Nunca entendí cómo alguien podría enamorarse de mi, de mi forma de ser. Simplemente, no entendía como yo, con mi desastre, con mi mar de defectos, podría llegar a gustar a cualquier persona.
Supongo que tiene su lógica, cuando tú mismo no te quieres, no eres capaz de entender por qué otras personas sí lo hacen.
Es por eso que nunca creí en sus palabras cuando me decía que ese era el motivo por el que estaba loco por ti. No era capaz de creer que alguien como él pudiese querer a alguien como yo. Y mucho menos a mi forma de ser. Mi cabeza no hacía más que imaginar cientos de chicas que ambos conocíamos y que, sin duda, me daban mil vueltas. Y no podía evitar pensar por qué no estaba con ellas, en vez de alguien como yo.   
Digamos que, poco a poco, empecé a entender que era cierto. Que me quería a mi y no a otra, y que lo que sentía, era cierto.
Pero ni eso me sirvió para hacerme entender por qué. Supongo que el amor es así. Te enamoras de alguien, sin saber bien cómo, sin saber bien por qué, y esa persona se convierte en todo para ti. Y eso es lo que nos pasó a nosotros.
Dos mares de defectos que se querían, sin saber muy bien por qué, pero que tampoco tenían intención de buscar el motivo.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Esa chica soy yo.

Y puede que ya no sea yo la que cada noche, te abraza hasta que te quedas dormido. La que cada mañana te dice lo mucho que te quiere. Ya no soy yo la que piensa en qué detalle tener contigo, para convertir tus días malos en los mejores.
¿Y qué?
Sé que cada noche, mientras ella te abraza, mi nombre aparece en tu cabeza. Que cada mañana, mientras ella te dice todo lo que siente, sólo eres capaz de recordar cada uno de los momentos que viviste conmigo. Que te es imposible no recordar esas noches interminables en las que nos perdíamos entre las sábanas de tu cama, como si el mañana no fuese a llegar nunca.
Por que puede que el tiempo pase, y yo no esté a tu lado. Pero por mucho tiempo que pase, nunca podrás olvidar a aquella que te dejó marcado. A esa chica que, sin que tú lo pretendieses, te enseñó lo que era amar. Esa chica a la que sigues amando. Esa chica, que soy yo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

La quería.

Quizás era el brillo de sus ojos cuando le miraban. Quizás, la bonita sonrisa que siempre tenía dibujada en sus labios. A lo mejor era ese hoyuelo que se le formaba a reír, únicamente, en el moflete izquierdo. O la forma en que tenía de apartarse el pelo de la cara cuando estaba tranquila, y de cubrirse con él cuando estaba nerviosa. Quién sabe, quizás se debía a ese cuerpo que cualquiera podría envidiar.
Pero no, estaba claro que no era algo así de superficial. No era solo eso.
También estaba esa ilusión con la que se tomaba todo, esas ganas de luchar hasta quedarse sin aliento. Su positivismo, el miamo que tantas veces le había levantado. O quizás el ver como no tenía nunca un mal gesto con nadie, siempre sonriente. No podía olvidar aquellos días en los que ella se convertía en una niña pequeña, en su niña pequeña, y eran felices sin importarle el mundo. Pero no os creáis, cuando lo necesitaba, la niña desaparecía y ahí estaba esa persona que parecía tener una solución a cualquier problema. Y lo conseguía, también así, conseguía hacer desaparecer el mundo.
Quizás era el rojo de sus mejillas, cada vez que pasaba vergüenza. O quizás la forma en que, cada noche, le encendía con una sola mirada, incapaz de negarse a uno solo de sus encantos.
Y así, podría seguir con una enorme lista de quizás... Sólo para intentar explicar por qué la quería a ella.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Nunca pensó que...

Y los días pasaban. Y las semanas. Y los meses. O quizás solo pasaba el tiempo, implacable. Incapaz de entender que para él, el tiempo se paró cuando todo terminó. Ya no habían días nuevos, simplemente era una sucesión de horas sin sentido que le obligaban a disimular su malestar durante un rato, para más tarde volver a su habitación, donde se desahogaba hasta quedarse dormido. En verdad, no sabía cuánto tiempo llevaba así, pero sí recordaba cómo empezó todo. Y lo recordaba cada día, a cada momento, como si hubiese sucedido unos segundos antes. Cada pequeño detalle, nítido en su mente, que le recordaba que no era un espejismo: ella ya no estaba a su lado. 
Todo paso sin esperarlo. Quizás sí podría haberlo esperado, no estaban en su mejor momento. Pero a pesar de las discusiones, él la quería como a nadie, y eso era suficiente. O eso pensaba él.
Por eso, cuando esas palabras, esas malditas palabras salieron lentamente de su boca, la que tantas veces se había quedado embobado mirando para luego besar... 'Creo que deberíamos dejarlo. Ser felices, pero cada uno por su lado.'
¿Cómo cojones quería que fuese feliz si ella ya no estaba a su lado? Había sido el motivo de su felicidad durante todo el tiempo que estuvieron juntos. No era capaz de asimilar que ya no podría ir presumiendo de lo enamorado que estaba de la mejor novia del mundo. Se acabaron los días pensando en distintas formas de sorprenderla. Tuvo que decir adiós a sus sonrisas, a sus gestos de niña pequeña, a cada una de las tonterías que decía cuando estaba feliz. No volvería a verla pasear por su habitación, vestida únicamente con su camiseta. No volvería a leer ninguna de esas parrafadas a las que, sin darse cuenta, se habia vuelto adicto. No volvería a probar a esa persona que le daba la vida en cada beso.
Porque su vida, se la había llevado con ella al marcharse.
Nunca pensó que unas palabras habrían cambiado su vida de tal forma que nunca volvería a ser la misma.
Al igual que nunca pensó que, no muy lejos de él, ella también lloraba cada noche. Lloraba, esperando que él la demostrase realmente lo que sentía. Que luchase por ella. Lloraba, porque a pesar de todo, estaba profunda y locamente enamorada de él. 

jueves, 30 de octubre de 2014

De la noche a la mañana.

Parecía un cuento de hadas. Por más que buscaba algún defecto, algún fallo, era incapaz de encontrarlo. Él era la persona perfecta para ella, y Sara lo sabía.
Era sábado, y había pasado toda la tarde a su lado... Una tarde sencilla: peli en casa de él, mantita, y muchos besos. Plan perfecto para dos personas que a penas llevan dos meses, y ya saben que están hechas el uno para la otra.
Y no dejaba de repetirselo. Tumbada en la cama, miraba el techo, como si allí pudiese leer su historia, o incluso escribirla. Y es que eso era lo que hacía: imaginaba en su cabeza cientos de planes a su lado, que desearía cumplir. Y no podía evitar sonreír.
Sonreía porque era feliz. Porque él la hacía feliz. Y se repetía una y otra vez que eso, era para siempre. Un pensamiento que no iba acorde con su edad. Con tan sólo 17 años, es difícil imaginar que una persona va a estar contigo el resto de tu vida. Pero ella era cabezota, y cuando quería algo, lo conseguía. O eso pensaba.
"Acabo de estar con él, y ya le echo de menos." Pensó.
Sí. Estaba enamorada de él, sin duda. Y eso era precioso, pero la asustaba. Era consciente de todo lo que el 'amor' conllevaba, con su parte buena y su parte mala. Y lo cierto es que ella ya lo había pasado bastante mal en su vida, como para añadirle tonterías como esa. Pero no podía evitarlo, le quería.
Se levantó de la cama y cogió el móvil. Buscó su número; como no, era el último que había marcado. Llamó, pero no contestó nadie. No se dio por vencida, y lo intentó una segunda vez.
Miró el móvil extrañada. Él siempre la avisaba al llegar a casa después de acompañarla, pero esta vez...
"Con la memoria que tiene, se le habrá olvidado. En un rato volveré a intentarlo."
Y con ese pensamiento y el móvil en la mano, no pudo evitar quedarse dormida, y soñar. Soñar con él, como venía haciendo en los dos últimos meses.

¿Quién la iba a preparar para lo que el destino había decidido?

Se despertó con una sensación de malestar, sabiendo que ese sexto sentido que tienen las mujeres para ver cuándo algo va mal, se había activado. Y con sólo mirar el móvil, comprendió que algo pasaba. 5 llamadas perdidas de él.
La faltó incluso tiempo para devolver la llamada. Sin saber bien por qué, la temblaba todo el cuerpo. Y sin saber bien por qué, se tensaron todos y cada uno de sus músculos cuando escuchó, al otro lado de la línea, una voz que no era la suya. Se trataba del padre de su novio.
Una llamada de tan solo unos minutos, que la desgarró por dentro. Una llamada que no terminó de escuchar. Las palabras 'coche', 'atropellar' y 'hospital' retumbaban en su cabeza, como si toda su vida en ese momento se redujese a eso. Y en cierto modo, así era.
Bajó corriendo las escaleras, sin intentar siquiera controlar sus lágrimas, y le contó a su madre como pudo lo que acababa de escuchar. Ella, sin pensárselo dos veces, la acercó hasta el hospital donde él se encontraba.
Pero ya era demasiado tarde. En la sala de espera, los padres de él lloraban desconsoladamente. Y ella no necesitó preguntar para saber que ya no había nada que hacer. De la noche a la mañana, todo se había acabado, y ya nadie podría arreglarlo.